Señorita

Ya no siento el fuego en las palmas.
En realidad ni si quiera podría saber si es fuego porque ya no se siente como fuego, aunque luce como fuego.
Ya no huele como fuego. O tal vez si es fuego; ya dejó de serlo para mí.
Las palmas ya no sudan, ya no temen, ya no sienten. Pero se funden.

Los labios no se secan ya, mi cabeza ya no reniega.
Lo único que sigue diciéndome que es fuego, son mis ojos: “Míralo, es fuego”, “no lo hagas, es fuego”, “hazlo, es fuego”, “una vez más, es fuego”, “por hoy es suficiente, ES FUEGO”.
Pero, podría ser que mis ojos se equivoquen o pretendan engañarme y el verdadero fuego ya no es fuego.

Pero si quisieran hacerlo no llorarían hacia adentro. Lucen tan agotados de decir: “Es fuego” que duermen rojos. Siempre que está el fuego, ellos son rojos.

Sí jugaba con fuego… y nunca me quemé; dicen mis ojos que no los vea, que están tristes, están apenados. Tal vez por eso están rojos de nuevo, porque el fuego se los llevó. De nuevo.

He caminado lo últimos pasos de lo que parece ser mi última curva, he caminado estos últimos pasos con una sonrisa, con una sonrisa en la mano, en la mano porque la siento más segura que en el rostro, en la mano porque sería más sencillo entregarla y recogerla, sería más sencillo porque la gente va con gracia y torpeza, porque la gente va dejando esos pequeños trazos, esos pequeños trazos que coquetean con la sonrisa de tu mano, esa sonrisa que va sentada inocente sobre tu mano, esa sonrisa que se desvanece como polvo y… (hasta aquí todo el punto es inexplicable, pido una disculpa por mi carente manera de expresarme, y me gloría repetir que todo mi punto hasta aquí es asombrosamente inexplicable).

Puedo concluir que las sonrisas no son algo tan humano como he creído.

Vida

Mírame sonriente,
sonríeme expectante,
lúcete de gala…
Golpéame consciente.

Gírate constante,
abrázame paciente,
me sabes tuyo…
Un héroe inocente.

Si bien sé que nunca dejaría de gritarte, como tampoco de amarte.
Tú has sabido ser sabia, me has llenado de batallas varias.
Me has llevado por sendas muy duras, pero no te olvido hermosa y oscura.
Llenaste mis manos con bellos juguetes, me abriste los ojos al corazón de la gente.

Y puede que nunca acabe de cantarte. Que sientas temor de perderme.
Que tú eres la única en mi vida.
Mi vida, mi amor, mi muerte.

Una vez que has conquistado el castillo de tu pensamiento. Levanta la vista al cielo. Has recorrido tierras, lagunas, ríos de penetrante corriente. Pero has llegado. Has llegado, has conquistado y lo conoces bien. Mira de nuevo al cielo. Cierra los ojos. Prepárate. Escucha. Siente asco. Siente asco de tu propia batalla. Toma unos días caminando hacia la torre más alta. Decide bien si subir o no. Lo harás.
Sin miedo mira hacia abajo. Mira a los cerdos. Sin miedo camina sobre la orilla. No temas, no caerás. Mira de nuevo a los cerdos. Escucha. Siente lástima, desprecio, amor.
Respira profundo. Tú sabrás cuáles cerdos ya te han visto. Cuáles cerdos te vieron caminando en la orilla en la torre más alta del castillo de tu pensamiento.
Tendrás dos opciones:
1. Vuela.
2. Agradece a los cerdos tu vicio. Brinca y cae aún más abajo que los cerdos. Que los cerdos se horroricen de ti. Que los cerdos se burlen de ti. Que los cerdos no comprendan. Pero sabrás que habrán pocos cerdos que te vieron subir hasta la torre más alta del castillo de tu pensamiento.

La mejor parte de cualquier opción es que esa torre y ese castillo ahora están dentro de ti y hagas lo que hagas y aún por más abajo que estés de los cerdos o por más estrellas que conquistes. Nunca tendrás miedo de ser un cerdo aunque sepas que eres uno igual o peor. La diferencia es el castillo y la torre que en recuerdos y burlas sabrás que conquistaste.

Titleless…

Abrázame… Abrázame… Se están quemando mis ojos… Se me queman las manos. Se me quemarán las manos…
Sabes que hablar contigo es perderlo todo de nuevo. ¿Cómo comprendes todo? ¿Cómo te admiro tanto? ¿Cómo alimentas el fuego que comienza en mis manos? ¿Cómo no recibes el fuego? ¿Cómo no recibes mi fuego en arte?
Mar, Magdalena amarga… que me irritas… me conmueves y te sé hasta lo más profundo. ¿Cómo inspiras tanto? ¿Cómo canto tanto? ¿Cómo eres horrenda y a la vez lo más hermoso? ¿Cómo…?
Mar, Magdalena amarga… Desde que he estado contigo he sabido que no es sano estar tan cerca uno del otro, que siempre fallaré una y otra vez, que igual lo olvidarás. Que igual habrá alguien más… Pero, si fallo soy yo. No me gusta fallarte a ti. Podría hacerlo mejor. No lo haría. No sé. Tal vez. Igual no quiero estar cerca de ti.
Igual mis manos se consumirían. Lo que aún no comprendo es ¿Cómo sigues estando ahí… Aquí?

Media noche

Ni la vida, ni la muerte, ni el amor, ni el sexo, ni el miedo, ni el perfume, ni los sueños, ni el valor, ni un rezo, ni una luz… ni una luz…

Ayer

Hoy, de nuevo es Hoy. Ayer no volvió, dijo que se iría junto con los malos buenos recuerdos, que se iría con los días amargos. Es lo bueno de Ayer, que siempre ha cumplido cada una de sus promesas.
Hoy, trago a puños un exquisito placer de culpa y nuevo, que rima con Ayer. No es de Ayer.
Ayer, moría a mi vanidad, a mis ganas de estar contigo, a mi razón… por ti. No es Hoy, nunca ha sido Hoy.

Será que estoy agradecido porque Hoy mueres a Ayer. Será que Ayer aún fija sus ojos llenos de odio en mí. Será que Ayer quedó abandonado por ti. Será que ayer aún habla a tu oído.
Y Hoy, Hoy canta la canción de Ayer, de Fausto, de la Magdalena. De la alegría que se emociona con la lluvia y el café, de las batallas del ser, de Ayer.

¿Por qué es tan bonito Ayer? ¿Por qué tuvo que ser hasta Hoy?

Es delicioso mirar el Ayer, es tenebroso mirar el Hoy. Pero en tu mano escribo y canto Hoy. En tu mano escribía y cantaba Ayer. Así que Hoy no parece tan diferente de Ayer. Así que que… Hoy, de nuevo es hoy.

Una copa llena

Un día antes de morir; a mis dieciocho años me encuentro hambriento pero satisfecho.

¿Qué te ha ocurrido magdalena?

¿Qué te ha ocurrido magdalena? De pronto eres dulce, de pronto eres fría. De pronto eres nada. Pero no me desconcierta tu cambio. No. No en lo absoluto. Creo que hasta lo comprendo. Me gustaría poder ser más sincero contigo. Pero sabes que no lo haré, lo sabes ¿verdad?

A pesar de mi odio hacia mí mismo, justificaría que me preguntaras ¿qué ha ocurrido? Pero lo que hiciste no lo puedo perdonar. No de alguien como tú. No lo haré. Así como también me gustaría desaparecerte, pues tu aguda opinión disfruta atormentando mis últimas horas, noches, días…

¿Qué te ha ocurrido magdalena?

¿En serio me has tomado como un impostor? ¿Qué le ha ocurrido a tus convicciones? ¿Buscas una manera de tomar ventaja para olvidarme descortesmente?

¿Qué te ha ocurrido magdalena?

¿Qué le ha ocurrido a tu boca, a tus ojos, a…?

Olvídalo

No me olvido de que odio escribir, ni digo que sea bueno, aún así te invito a perdonarte. Yo no lo haré. No hablaré ahora de mis errores. No lo haré. Es por eso que el título de este escrito gritará: “¿Qué te ha ocurrido magdalena?” Pues grita sobre ti. No sobre mí.

¿Segura?

Soy un astronauta con cabeza de lagarto al que le gruñe su panza y que recuerda que no ha perdido nada cuando se da cuenta de que ha perdió casi todo y se levanta y hace ruido porque su mirada ya no la tendrá nunca más y mueve sus pezuñas como si fueran dedos humanos y se entrega para dar todo lo que tiene pero en un segundo una morena ya no lo quiere una morena ya no lo estima una morena ya no es suya y él; él tiene cabeza de lagarto.