Señorita
Ya no siento el fuego en las palmas.
En realidad ni si quiera podría saber si es fuego porque ya no se siente como fuego, aunque luce como fuego.
Ya no huele como fuego. O tal vez si es fuego; ya dejó de serlo para mí.
Las palmas ya no sudan, ya no temen, ya no sienten. Pero se funden.
Los labios no se secan ya, mi cabeza ya no reniega.
Lo único que sigue diciéndome que es fuego, son mis ojos: “Míralo, es fuego”, “no lo hagas, es fuego”, “hazlo, es fuego”, “una vez más, es fuego”, “por hoy es suficiente, ES FUEGO”.
Pero, podría ser que mis ojos se equivoquen o pretendan engañarme y el verdadero fuego ya no es fuego.
Pero si quisieran hacerlo no llorarían hacia adentro. Lucen tan agotados de decir: “Es fuego” que duermen rojos. Siempre que está el fuego, ellos son rojos.
Sí jugaba con fuego… y nunca me quemé; dicen mis ojos que no los vea, que están tristes, están apenados. Tal vez por eso están rojos de nuevo, porque el fuego se los llevó. De nuevo.